Una de las cosas que más me molestan es que no se llamen a las cosas por su nombre. Peor aún, que se apropien de un nombre con nocturnidad y alevosía. ¿Un ejemplo? La ubicua leche de soja de los lineales de nuestros supermercados o las distintas leches vegetales que podemos encontrar en las tiendas de alimentos naturistas. Pues lo siento, pero majar, remojar y filtrar unos granos de soja no convierte al bebedizo en leche. El blanco y líquido elemento solo se obtiene de una clase de vertebrados conocidos como mamíferos: los granos de soja no se ordeñan. Claro, que a lo mejor habría que convertir la horchata en leche de chufa.

¿Leche? de soja
¿Y qué decir de esas mayonesas que tienen de todo menos de lo que deben tener, a saber, huevo, aceite, sal y zumo de limón? Incluso he llegado a ver supuestas natas con todo tipo de ingredientes menos nata. Y no hablemos de algunas “cosas” llamadas quesos o, peor aún, esos productos que comercializa la empresa norteamericana Beyond Meat: tiene el descaro de llamar ‘tiras de pollo’ a algo que está hecho con soja y guisantes. Carnes vegetales han bautizado a esos alimentos falsificados. Y dicen en su publicidad que es el alimento del futuro. Aviados estamos.
Es curioso que nuestros abuelos lo tuvieran más claro que nosotros. En Estados Unidos, la Ley de Alimentos, Fármacos y Cosméticos de 1938 lo decía con claridad meridiana: “Hay ciertos alimentos tradicionales que todo el mundo conoce, como el pan, la leche y el queso, y cuando los consumidores compran esos alimentos deberían llevarse los alimentos que esperan… si un alimento se parece al estandarizado pero no cumple con el producto estándar debería etiquetarse como ‘imitación’”. Una norma de mayor sentido común es imposible: si vendes algo con nombre de pan, debe ser pan y no algo que se le parezca.
Quien abrió la tajadera para que la industria alimentaria pudiera vender con el mismo nombre el producto real y la imitación fue la mismísima Food and Drug Administration, la agencia que regula la salubridad de los alimentos y ejerce de agencia del medicamento. En 1973 revocó la ley de 1938 que exigía que apareciera la palabra “imitación” en todo aquel alimento que no fuera lo que realmente es. ¡Albricias! Gritó la industria alimentaria, que pudo cambiar la nata por fécula de maíz, las grasas del yogur por aceites hidrogenados o goma guar, quitar la grasa del beicon y poner proteína de soja… y seguir vendiéndolos como beicon, nata o yogur cuando, en realidad, no lo son.
Desde entonces, parte de la llamada ciencia de los alimentos y su brazo armado que es el marketing y la publicidad se han dedicado a falsificar o manipular la verdad. Dicho en román paladino, a adulterar los alimentos.








